martes, 21 de noviembre de 2017

Fernán Gómez, escuela ácrata



En su dilatada trayectoria, existen muchos guiños de Fernán Gómez al mundo libertario, bien por sus películas o por sus obras.

Cuando el 21 de noviembre de 2007 fallecía Fernando Fernán Gómez hubo un hecho que llamó la atención. En el Teatro Español, donde se situó su capilla ardiente, el féretro del actor, dramaturgo y escritor de voz grave estaba cubierto con una bandera rojinegra: la bandera anarquista.

Y no era para menos, pues Fernán Gómez siempre mostró simpatía hacia los ideales libertarios que conoció en la España de la década de los años 30, cuando empezaba ya a apuntar a lo que iba a ser posteriormente.

Aunque nacido en Lima en 1921, muy pronto se trasladó a Madrid, y en la capital de España vivió los años republicanos y la Guerra Civil. No se puede decir en ningún caso que la familia de Fernán Gómez tuviera una vinculación política con la izquierda. A esto escapaba un tío suyo, afiliado a la CNT, por el cual Fernán Gómez comenzó a conocer qué era aquello del anarquismo.

Y aunque la Guerra Civil no fue un periodo fácil, y menos para una familia de actores, gracias a la CNT los espectáculos públicos se reorganizaron y muchos de ellos pudieron trabajar. Lo hizo la madre de Fernando, Carola, en el teatro Alcázar.

Pero él lo hizo también, cuando, afiliado ya a la CNT, entró a formar parte de la Escuela de Actores de la organización anarcosindicalista, bajo la dirección de Valentín de Pedro, uno de los más importantes intelectuales libertarios de la época, y su compañera María Boixader. Dos personajes que marcaron la vida del propio Fernán Gómez, que en aquella época comenzó a forjar una profunda cultura gracias también a la biblioteca que la CNT tenía en uno de los locales incautados por los anarquistas y que frecuentaba el actor. Además, en esta época conoce a quien será uno de sus grandes amigos, el también actor Manuel Alexandre. Tampoco se puede olvidar en este punto a Fernando Collado, que por entonces dirigía uno de los sindicatos de la CNT en el Madrid sitiado y con el que posteriormente coincidirá en el mundo el cine.

Esa carrera de actor que había empezado en los locales de la CNT y su Escuela de Actores quedó truncada con el final de la Guerra Civil. El joven actor asistió al consejo de guerra que condenó a muerte (luego conmutada) a Valentín de Pedro, su maestro. En ese mismo consejo de guerra fueron condenados el periodista y escritor republicano Diego San José y el redactor de CNT y luego de El Sindicalista Carlos Rivero.

Pasaje de este juicio nos lo legó el propio Fernán Gómez en sus memorias El tiempo amarillo, y también el propio Diego San José en su excepcional De cárcel en cárcel. Y aunque los años de la dictadura cayeron como plomo sobre todos, la vida de Fernando Fernán Gómez en ese tiempo se centró en su carrera como actor.

Tras la muerte de Franco encontramos a Fernando Fernán Gómez en las Jornadas Libertarias de Barcelona de 1977. Su compromiso con el movimiento libertario siempre estuvo presente, tanto para él como para su compañera, Emma Cohen.

Su atronador “¡No a la guerra!” en la manifestación de Madrid en febrero de 2003, así como sus constantes guiños a la causa libertaria, hicieron de Fernán Gómez una referencia en el campo libertario, más por su compromiso personal que militante.

A lo largo de su dilatada historia existen muchos guiños de Fernán Gómez al mundo libertario, bien por sus películas o por sus obras. Su amistad con el periodista Eduardo de Guzmán le hizo llevar a la pantalla la película Mi hija Hildegart, basada en la obra Aurora de sangre, que cuenta la historia sorprendente y poco conocida de Hildegart Rodríguez Carballeira, recreando parte del mundo cultural libertario de la Segunda República.

O en Las bicicletas son para el verano, escrita en 1977 y llevada al cine por Jaime Chávarri en 1984, en la que aparecen varios cenetistas. En ella Fernando dejó muy claro, por su propia experiencia, que en 1939 no llegó la paz, sino la victoria, quizá recordando el triste destino de su maestro Valentín de Pedro, entre otros muchos.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Sí, todavía franquismo



Nada demuestra más  la persistencia del franquismo sociológico que un editorial de El país diciendo que no existe el fascismo sociológico.

Vuelve a la carga El país a hacerle el trabajo al pasado. Dice que Franco ha muerto y que recuperar los parecidos hoy con el pasado es un delirio. No me extraña que les haya hecho gracia repetir las palabras de Arias Navarro en 1975.  Es el diario del régimen del 78. Para bien y para mal. Y por eso da hoy tanto bochorno. Solían guardar mejor las formas. No en vano, Fraga fue fundador de ese periódico y la crítica al franquismo siempre tuvo límites. Algo tiene que ver que su estela siempre ha sido la de los vencedores de la guerra. Incluidas sus incorporaciones al consejo editorial. Felipe González no movió un dedo para que los 200.000 fusilados por Franco tuvieran una sepultura digna.

Explicamos en la ciencia política (y politólogos como Ignacio Torreblanca, que también está en el consejo editorial del diario debiera saberlo) que el presente no puede explicarse sin la “dependencia de la trayectoria” (path dependence). Querer dejar de mirar en el pasado es una oferta de mentirosos que quieren hurtar claves para entender los acontecimientos. El ascenso de la extrema derecha en Alemania regresó a los medios el pasado nazi y la entrada en el Parlamento de Allianz für Deutchsland llenó los periódicos de recordatorios de 1933. Lo mismo en Italia con los neofascistas de Fuerza Nueva o del Movimiento Social o en Grecia con Amanecer Dorado. Pero en España, dice El país, hablar de Franco es de enemigos de la patria. De su patria, claro. Tampoco le gusta al grupo PRISA que se hable de Cebrián y los papeles de Panamá. Han echado a periodistas de sus tertulias por hacerlo. Siempre han dictado de qué se podía hablar y de qué no.

Nadie en su sano juicio va a decir que la España actual es como la España de Franco. Estaría bueno.  Tampoco se dice que la Alemania de Merkel sea nazi, pero si crece la extrema derecha, se mira al pasado y la reflexión es: algo hemos hecho mal cuando estos criminales no se han ido definitivamente. En España es más evidente, porque cada mañana hay 114.000 desaparecidos, asesinados por Franco -ese que ha muerto- que siguen gritando a nuestra democracia que quieren una sepultura digna para que sus familiares sepan qué fue de ellos y dónde están. Pero ni el PSOE ni el PP ni Ciudadanos tienen el más mínimo interés por recuperar esos cadáveres. Sinvergüenzas de esos partidos, como Pablo Casado o Rafael Hernando, dicen que eso son batallitas del abuelo o una búsqueda de negocio de las víctimas. No como las asociaciones de víctimas del PP, que destacan por su altruismo. A Rivera le molesta que hablemos del pasado, porque su partido cada día huele más a falangismo.

Cuando vemos amenazada la democracia, tenemos que mirar a nuestro pasado por dos cosas: primero, porque mirar a lo que ya pasó nos ayuda a entender lo que está pasando y nos da pistas para interpretar el presente; en segundo lugar,  porque cuando se amenaza la convivencia democrática, es bastante fácil que lo que ocurra se parezca a cosas que ya nos ocurrieron. Se trata de no desperdiciar la experiencia, como dice Boaventura de Sousa Santos. Si detienen a unos titiriteros, a unos raperos o a unos políticos, debemos saber que en España hemos encarcelado en otros tiempos a los que hacían teatro contra el régimen, a los que cantaban al viento y a la libertad y hemos levantado cárceles solo para meter a los enemigos del franquismo.  Y también podríamos recordar que, como advirtió el mismo Pablo Casado que podía volver a ocurrir, hemos fusilado a gente que luchaba por el reconocimiento de Catalunya como una nación (dentro de la República española) y que lo hicieron sin violencia. Lo que pasa es que los parecidos con el pasado escuecen porque quitan mucha legitimidad a nuestra democracia. Eso es lo que les molesta a los de El país.

En esos encarcelamientos siempre contó el franquismo con un poder judicial comprometido con el régimen del 18 de julio. Los mismos jueces del franquismo pasaron a ser jueces de la democracia, y aunque el poder judicial es evidente que se ha democratizado, una parte sigue rehén de su pasado. Pero lo realmente grave es  la costumbre de la política de inmiscuirse en los asuntos judiciales. Esa no la hemos perdido. Le recuerdo a El país que el Parlamento ha reprobado el Ministro de Justicia y al Fiscal General del Estado. Y que ni han dimitido ni han sido cesados. Y que políticos corruptos quieren a determinados jueces, y que dicen si no habría que pegarle dos tiros a los jueces desobedientes (¿alguien  se imagina que dieran libertad provisional a alguien vinculado a Podemos que dijera que había que pegarle dos tiros a un juez, como ha hecho con Ignacio González?). Eso se llama franquismo sociológico.

El franquismo siguió la estela canovista de inventarse una España falsa que vendría de los visigodos y sancionaron los Reyes Católicos. Es tan falsa esa historia que no les basta para hacerla real con la propaganda. Siempre la han completado con fusilamientos. No en vano, tanto Cánovas como Franco como la Constitución de 1978 le entrega al ejército, negro sobre blanco, la defensa de la “unidad territorial de España”.  Y por eso, desde la Restauración canovista, toda esta historia llena de mentiras viene con Rey -jefe de las fuerzas armadas- , incluida la etapa franquista porque con Franco, ese muerto, también éramos un Reino. ¿Por qué no quiere El país que nos acordemos de estas cosas? Tenemos una herida territorial que solamente vamos a cerrarla cuando los catalanes puedan decidir formar parte -o no- de una España federal que zanje esa discusión que nos lleva enredando siglos. Cuanto más tardemos, más catalanes habrá que no quieran estar con nosotros. A los golpes se construye poco cariño.

Tenemos también una herida social, que arrastramos desde el pistolerismo de la patronal a comienzos del siglo XX, y una herida ciudadana, con una esfera pública débil, arrastrada por nuestra condición de país de la Inquisiciónal que nunca le interesó construir otra cosa que catolicismo integral y obediencia política a la monarquía. Hasta la invasión francesa de 1808 no empezamos a pensarnos como nación española. O entendemos esto, o no vamos a entender nunca a España.

Se entiendo mejor la policía política creada por el PP si pensamos en lo que aún permanece del franquismo. Se entiende mejor el “a por ellos” que algunos españoles cantaban a la policía que iba a Catalunya pidiéndoles que reprimieran con dureza a otros españoles. Se entiende mejor por qué alguien golpea a otro en la cabeza con la bandera española o por qué te dan una paliza si no gritas a la orden de unos energúmenos ¡Viva España! Se entiende mejor que Rajoy siga siendo Presidente pese a sus sobresueldos o sus sms a detenidos si entendemos que aún pesa el franquismo sociológico y que los medios hacen mal su trabajo cuando hay periodistas corruptos protagonizando programas y tertulias, que haya políticos que enseñan facturas falsas en sus ruedas de prensa o por qué volvemos, tan pronto, a invitar a maltratadores a la televisión como si fueran estrellas . Franquismo sociológico. Entenderíamos mejor nuestras “puertas giratorias” si supiéramos de las familias del poder que llevan mandando desde el siglo pasado (podríamos citar a los Botín, accionistas por cierto de El país). Y entenderíamos mejor los ataques furibundos de El país a Podemos si entendiéramos que nuestra democracia tiene débiles mimbres porque nunca hemos discutido la actual Constitución en un país donde hay 23 millones de españoles que ya no es que no la discutiéramos -que nadie lo hizo- sino que ni siquiera la votamos.

Siga El país con su deriva. Que nosotros seguiremos recordando lo que aún pesa del franquismo en España -y en Catalunya- para que esa gente, que lleva los mismos apellidos que los que mandaron durante el franquismo, no vuelvan a robarnos la democracia.


sábado, 11 de noviembre de 2017

Biófilo Panclasta, anarquista individualista colombiano.


                                         
Vicente Rojas Lizcano (ChinácotaColombia1879 – Pamplona, Colombia, 1943), llamado Biófilo Panclasta, fue un escritoractivista político y anarquista individualista colombiano. En 1904 comenzó a utilizar el seudónimo con el que sería reconocido: Biófilo, amante de la vida, y Panclasta, enemigo de todo.  Estuvo en más de cincuenta países avivando las ideas anarquistas y participando en manifestaciones obreras y sindicales, en las que pudo entablar amistad con personajes como KropotkinMáximo Gorki y Lenin.

Primeros años
Hijo de Bernardo Rojas y Simona Lizcano, una mujer obrera, Biófilo inicia sus estudios en el Bachillerato de Pamplona, ciudad cercana a Chinácota. De 1897 a 1898 ingresa a la Escuela Normal de Bucaramanga, de la que es expulsado por crear un pequeño periódico que se manifestaba en contra de la reelección del presidente Miguel Antonio Caro.
Participación en la revolución venezolana
En 1899 deja la escuela y viaja a Venezuela y, junto con Eleazar López Contreras, funda la primera Escuela Pública en la población de Capacho Nuevo,capital del municipio Independencia (Estado Táchira). Ese mismo año se enrola en el ejército del militar venezolano Cipriano Castro al frente de la Revolución Restauradora, quien tenía como objetivo derrocar al presidente Ignacio Andrade. Pronto se aleja de sus huestes y viaja por Venezuela en compañía de otros grupos revolucionarios que merodeaban Trujillo, Portuguesa, Cojedes y Carabobo. A la ciudad de Valencia llega en enero de 1900. En noviembre de 1904 se traslada a la ciudad colombiana de Barranquilla, en calidad de coronel del ejército de Cipriano Castro; ofrece sus servicios como militar en respaldo de las fuerzas colombianas que combaten a los separatistas panameños apoyados por los Estados Unidos. 

Primeros contactos con el anarquismo

En 1906 viaja a Buenos Aires, en Argentina. Allí comienza sus contactos con el pensamiento anarquista y socialista, asistiendo a reuniones y escribiendo en periódicos especializados. Ese mismo año parte para Europacomo delegado de la Federación Obrera Regional Argentina al congreso obrero de Ámsterdam.  En Holanda es invitado por el grupo Estudios Sociales para que refute una conferencia de Bestraud titulada La anarquía contra la vida.

Actividad revolucionaria en Colombia

En 1908 es desterrado de España por petición del presidente colombiano Rafael Reyes. Llega a Puerto Colombia con el fin de seguir luego a Bogotá; sin embargo, opta por viajar y refugiarse en Panamá, de donde es nuevamente desterrado por orden de Rafael Reyes. Es entregado en calidad de preso a las autoridades colombianas.  De ahí en adelante Biófilo Panclasta sale de una cárcel para entrar en otra: estuvo preso en Cartagena (1909), Barranquilla (1910) y Bogotá (1911). Algunos organismos nacionales como el periódico Maquetas pidieron para él la pena de muerte, por considerarlo una persona perturbadora del orden.

Retorno a Venezuela: Cárcel de Valencia

“Los presos, que me habían visto, penetrar a la celda, tuvieron cuidado al entrar de no tropezar con mi cuerpo desfallecido y frío. Uno de ellos, palpó con su mano, mis carnes que no estremecieron, porque ya todo lo había sufrido del dolor y al observar que ni me movía, ni hablaba, exclamó entristecida y quedamente: 'a éste, lo colgaron en la Policía y lo trajeron a morir aquí'”  
Biófilo regresa a la ciudad venezolana de Valencia en 1914. Allí es apresado por realizar un discurso en una plaza pública, ensalzando a la nación francesa, días después que hubiese iniciado la Primera Guerra Mundial. En realidad, fue puesto preso por órdenes de personas leales al presidente Juan Vicente Gómez, quien había sucedido a Cipriano Castro, amigo de Panclasta, luego de un golpe de Estado. Durante los siete años que estuvo encarcelado, Biófilo pasó trabajos, penurias y hambre, según fuesen los deseos del alcaide de turno. Compartió sus años en prisión con diversos presos políticos venezolanos, muchos de los cuales murieron en esa cárcel. En 1921, bajo la tutela de un alcaide asignado por el recién nombrado gobernador del Estado de Carabobo José Antonio Baldó, Biófilo fue trasladado al Castillo Libertador, donde es tratado humanamente y liberado a los pocos meses.

Actividad revolucionaria en el mundo

En 1923, dos años después de haber salido de la cárcel de Valencia, Biófilo es nombrado delegado de la Asociación Anarquista Mexicana, por lo que viaja a Barcelona para participar en un congreso. Allí propone un proyecto denominado Operación Europa, el cual consiste en:
“[...] la formación de un comité internacional encargado de ordenar, planear y ejecutar en un mismo día el asesinato del zar de Bulgaria, el emperador de Inglaterra, del rey de Italia, del rey de Egipto, el arzobispo de México, del presidente de Francia, del cardenal arzobispo de Toledo y de Léon Daudet.” 
Al año Siguiente viaja a São Paulo con el fin de organizar una huelga de cafeteros, pero es nuevamente encarcelado y trasladado a la ciudad de Cayena, de donde se fuga. La Liga do los Derechos del Hombre lo envía a la isla de Martinica; luego de visitar fugazmente cincuenta y dos países regresa a Colombia. Allí es nuevamente apresado junto con el sindicalista Raúl Mahecha, en la ciudad de San Gil. Al año siguiente funda en Bogotá el Centro de Unión y Acción Revolucionaria cuyo lema es: ¡Revolucionarios de todos los ideales, uníos!.

Últimos años

En 1934, Biófilo Panclasta se une a Julia Ruiz, una conocida pitonisa que laboraba en Bogotá. Se concentra en escribir para periódicos y conceder entrevistas, así como enviar cartas a varios presidentes de Latinoamérica. En enero de 1939 muere su compañera. Un año después, Biófilo intenta suicidarse en Barranquilla electrocutándose con los cables de la luz y degollándose con una navaja.  En diciembre de ese mismo año, la policía de Bucaramanga decreta su expulsión de esta ciudad, por vago y alcohólico. El 1 de marzo de 1943, Biófilo Panclasta muere en el Asilo de Ancianos de Pamplona a las diez de la mañana víctima de un fulminante paro cardíaco.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Anarquistas en el Gobierno de la República


Julián Casanova
4 Nov 2006

El 4 de noviembre de 1936, hoy hace setenta años, cuatro dirigentes de la CNT entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un "hecho trascendental", como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión de la CNT, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.
Pocos hombres ilustres del anarquismo español se negaron entonces a dar ese paso y las resistencias de la "base", de esa base sindical a la que siempre se supone revolucionaria frente a los dirigentes reformistas, fueron también mínimas. El verano, sangriento pero mítico verano revolucionario de 1936, ya había pasado. Anarquistas radicales y sindicalistas moderados, que se habían enfrentado y escindido en los primeros años republicanos, estaban ahora juntos, esforzándose por obtener los apoyos necesarios para poner en marcha sus nuevas convicciones políticas. Se trataba de no dejar los mecanismos del poder político y armado en manos de las restantes organizaciones políticas, una vez que quedó claro que lo que sucedía en España era una guerra y no una fiesta revolucionaria.
El Comité Nacional de la CNT eligió los cuatro nombres destinados a tan sublime misión: Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López. En esos cuatro dirigentes estaban representados de forma equilibrada los dos principales sectores que habían pugnado por la supremacía en el anarcosindicalismo durante los años republicanos: los sindicalistas y la FAI. Joan Peiró y Juan López, ministros de Industria y Comercio, quedaban como indiscutibles figuras de aquellos sindicatos de oposición que, tras ser expulsados de la CNT en 1933, habían vuelto de nuevo al redil poco antes de la sublevación militar. Juan García Oliver, nuevo ministro de Justicia, era el símbolo del "hombre de acción", de la "gimnasia revolucionaria", de la estrategia insurreccional contra la República, que había ascendido como la espuma desde las jornadas revolucionarias de julio en Barcelona. A Federica Montseny, ministra de Sanidad, la fama le venía de familia -hija de Federico Urales y Soledad Gustavo- y de su pluma, que había afilado durante la República para atacar, desde el anarquismo más intransigente, a todos los traidores reformistas. Ella iba a ser además la primera mujer ministra en la historia de España.
Del paso de la CNT por el Gobierno quedaron escasas huellas. Entraron en noviembre de 1936 y se fueron en mayo de 1937. Poco pudieron hacer en seis meses. Se ha recordado mucho más lo que significó la participación de cuatro anarquistas en un Gobierno que su actividad legislativa. Como la revolución y la guerra se perdieron, nunca pudieron aquellos ministros pasear su dignidad por la historia. Y como no podía ser menos, a semejante acto de ruptura con la tradición antipolítica se le achacaron todas las desgracias. Para la memoria colectiva del movimiento libertario, derrotado y en el exilio, de aquella traición, de aquel error sólo podían derivarse funestas consecuencias. Toda la literatura anarquista posterior, cuando se enfrentó a ese tema, dejó el análisis a un lado para descargar la retahíla de reproches éticos harto conocidos. A un lado quedaba la revolución, vigorosa, soberana; al otro, su destrucción, hecha realidad por la ofensiva que desde el poder se emprendió contra las milicias, los comités revolucionarios y las colectivizaciones, las tres solemnes manifestaciones del cambio revolucionario.
Se menospreció así, en ese ajuste de cuentas con el pasado, lo que de necesario y positivo hubo en aquel giro extraordinario. Necesario, porque la revolución y la guerra, que los anarquistas no habían provocado, obligaron a articular una solución que, evidentemente, debía alejarse de las doctrinas y actitu-des que históricamente les habían identificado. Positivo, porque esa defensa de la responsabilidad y de la disciplina, que convirtió precisamente la participación en el Gobierno en uno de sus símbolos, mejoró la situación en la retaguardia, evitó bastantes más derramamientos inútiles de sangre de los que hubo y contribuyó a mitigar la resistencia que la otra estrategia disponible, la maximalista y de enfrentamiento radical con las instituciones republicanas, había alimentado.
Es evidente que un análisis de este tipo, que separa al historiador del juicio de autenticidad sobre la pureza doctrinal de aquellos protagonistas, lleva a considerar otras facetas olvidadas. Como la de que fuera un "anarquista de acción" como García Oliver quien consolidara los tribunales populares o creara los campos de trabajo, en vez del tiro en la nuca, para los "presos fascistas". O que a un sindicalista de toda la vida como Joan Peiró le correspondiera regular las intervenciones e incautaciones de las industrias de guerra. O que una mujer, en fin, escalara a la cúspide del poder político, un espacio negado tradicionalmente a las mujeres y que Franco volvería a negar durante décadas, desde donde pudo emprender una política sanitaria de medicina preventiva, de control de las enfermedades venéreas, una de las plagas de la época, y de reforma eugenésica del aborto que, pese a quedarse en una mera iniciativa, avanzó algunos debates todavía presentes en nuestra sociedad actual.
Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. En la memoria de los anarquistas, y en la literatura y en el cine, se agrandó la figura de Buenaventura Durruti, con su pasado novelesco y sus hazañas de héroe, y quedaron en la oscuridad, por el contrario, otras figuras como la de Joan Peiró, un obrero que dedicó su vida a fabricar bombillas, organizar sindicatos y ajustar el anarquismo al reloj de la historia. Denunció antes que nadie, y por escrito, desde agosto de 1936, la violencia revolucionaria de destrucción del contrario. Cuando, después de los sucesos de mayo de 1937, Manuel Azaña encargó a Juan Negrín la formación de un nuevo Gobierno sin la CNT, Peiró acusó a los comunistas de haber provocado la crisis y denunció la represión desencadenada contra el POUM. Con la ocupación de Cataluña por el ejército de Franco, huyó a Francia, donde le detuvo la Gestapo en noviembre de 1940; entregado a las autoridades franquistas, fue ejecutado el 24 de julio de 1942.
El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Muchos de sus militantes participaron durante décadas en una frenética actividad cultural y educativa. Pero en ese recorrido siempre le acompañó la violencia. Su leyenda de honradez, sacrificio y combate fue cultivada durante décadas por sus seguidores. Sus enemigos, a derecha e izquierda, siempre resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver. Son, sin duda, imágenes exageradas a las que tampoco hemos escapado los historiadores, que tan a menudo nos alimentamos de esas fuentes, apologéticas e injuriosas, sin medias tintas. Una prueba más de las múltiples caras de lo que ahora llaman muchos, en singular, memoria histórica.


jueves, 2 de noviembre de 2017

“El franquismo diseñó la Transición en España para esconder sus crímenes”



Durante las cuatro décadas de dictadura franquista, 115.000 civiles fueron asesinados. Medio millón de personas fueron encarceladas y una cifra similar debió partir al exilio.
Durante las cuatro décadas de dictadura franquista, 115.000 civiles fueron asesinados. Medio millón de personas fueron encarceladas y una cifra similar debió partir al exilio.
La Transición española, el período histórico que sucedió a la dictadura de Francisco Franco (1936-1975), suele ser mencionado por la clase política de ese país como una época de reconciliación en una sociedad fracturada. Sin embargo, las víctimas del franquismo consideran que tuvo como objetivo suprimir la memoria.

Durante las cuatro décadas de dictadura franquista, 115.000 civiles fueron asesinados. Medio millón de personas fueron encarceladas y una cifra similar debió partir al exilio. Las personas contrarias al régimen fueron objeto de robos de propiedades, abusos y demás vejámenes. Esta realidad está muy presente en la memoria de las víctimas y sus descendientes, pero son ignorados por gran parte de la sociedad española.

El 15 de junio de 1977, los españoles acudieron a las urnas por primera vez desde la Guerra Civil (1936-1939) que enfrentó al Gobierno republicano y los sublevados, encabezados por Francisco Franco. Las elecciones de ese año fueron uno de los episodios más notorios de la Transición, el período histórico entre la muerte del dictador en 1975 y la aprobación de la actual Constitución en 1978.

A 40 años de los comicios, Sputnik dialogó con Emilio Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de España (ARMHE), para conocer el punto de vista de las víctimas del régimen y de sus familiares sobre ese hecho. El activista explicó que desde los movimientos sociales se vive «por un lado con la alegría» de recuperar las libertades perdidas, aunque al mismo tiempo «cierta amargura» porque la Transición es mostrada por «los más poderosos de sus protagonistas» como un proceso «idílico» de reconciliación entre los españoles.

«Hay muchos problemas todavía, que tienen que ver con las violaciones de derechos humanos de la dictadura no resueltas. Nosotros todavía estamos peleando para darles respuesta y contrarrestar la versión oficial que dice que esto quedó laudado en los años 70 y que no hay nada que arreglar», comentó Silva.

Desde la misma celebración de los comicios, la Transición dejó fuera a algunos sectores de la sociedad española. Rodolfo Martín Villa, «un destacado dirigente vinculado al falangismo, el partido fascista español», fue el encargado de decidir cuáles partidos iban a ser legalizados y podrían presentarse a las elecciones. Todos aquellos que reclamaban el restablecimiento de la República y no aceptaban la amnistía continuaron en la clandestinidad.

El funcionario estuvo además implicado en episodios de represión, como el asesinato en 1976 de cinco trabajadores que realizaban una huelga en Vitoria, la capital del País Vasco. Bajo sus órdenes, la Policía entró a una concentración de manifestantes y abrió fuego, provocando 100 heridos de bala además de los decesos.

«Paradójicamente es la persona que ha elegido el Congreso de los Diputados español para que la semana pasada encabezase un acto de los muchos que se están haciendo en el aniversario de aquellas elecciones», puntualizó Silva, cuyo abuelo murió asesinado por el franquismo y permaneció desaparecido, hasta que se encontraron sus restos hace 15 años.

El debate de lo acontecido en esos años trasciende a los partidos políticos que participaron en las elecciones, que acordaron «un pacto de silencio» y aceptaron «escribir un borrón y cuenta nueva». A criterio del entrevistado, durante los 40 años de dictadura hubo un ‘apartheid’ que marginó a los perdedores de la guerra y sus familias. Esto se vio traducido en el acceso a la educación.

«Los que han ido en los años 50, 60 y 70 a la Universidad son los hijos de vencedores de la guerra, quienes tenían los recursos económicos o el apoyo político para acceder al estudio y son los que han gestionado la vida política de este país desde que murió Franco. No están solo en la derecha. Los que accedieron a este privilegio están en todas partes [del espectro político]», dijo Silva.

A modo de ejemplo, citó un estudio realizado por alumnos de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, que consistió en realizar el árbol genealógico de todos los ministros de los Gobiernos de España desde la muerte de Franco en adelante. A partir de entonces, han estado al mando del país tres partidos: la extinta Unión de Centro Democrático (1977-1982), el Partido Socialista Obrero Español (1982-1996 y 2004-2011) y el Partido Popular (1996-2004 y 2011 hasta el momento).

«Casi el 90% de los miembros de todos esos Gobiernos eran hijos de vencedores de la guerra y casi ninguno de ellos (…) ha hecho nada, ninguna decisión política que pueda atentar contra sus privilegios de clase», comentó el activista por los derechos humanos.

No solo en España tuvo efecto la dictadura franquista. En América Latina, los intelectuales exiliados de la República aportaron a la cultura, el pensamiento y la vida política de los países donde encontraron refugio. Pero también algunos se nutrieron de los ideales del totalitarismo español de la época.

«[El historiador y escritor uruguayo] Eduardo Galeano me contó una vez cómo escuchaba de pequeño las canciones de la guerra de España en el barrio que vivía. Eso formaba parte de su memoria política y sentimental. España ha sembrado eso, pero también algunos aprendices de Franco. Quizás el máximo exponente de ellos era [el dictador chileno] Augusto Pinochet que claramente tenía una profunda admiración por él», comentó.

A más de 70 años del comienzo de la dictadura, desde el otro lado del Atlántico se abrió para muchos españoles una ventana de esperanza en su busca por la verdad, la memoria y la justicia. En 2008, el juez español Baltasar Garzón fue impedido de investigar los crímenes del franquismo en su país. En ese momento, los familiares recurrieron al principio de justicia universal y radicaron una demanda en Argentina.

La jueza argentina María Servini de Cubría llevó adelante una causa iniciada en 2010, en principio por la desaparición de Severino Rivas, el alcalde de un pueblo de Galicia desaparecido durante la Guerra, pero luego se fueron sumando casos, como el del último ejecutado por garrote vil en España, el militante anarquista Salvador Puig Antich, asesinado en 1974.

Los pedidos de Servini de Cubría permitieron llevar adelante exhumaciones en fosas comunes, a las que distintos agentes judiciales españoles ponían obstáculos, de acuerdo con Silva. Un personaje notorio dentro de esta causa es Ascensión Mendieta, una mujer de 92 años que con 87 viajó de España a Buenos Aires. La anciana acudió a pedir ayuda a la magistrada argentina para cumplir su deseo de ser enterrada algún día junto a su padre, Timoteo Mendieta, asesinado por el franquismo.

Hace pocos días, en una fosa se encontraron los restos del hombre, que permaneció desaparecido durante 78 años. Encontraron en su mismo lugar de entierro otros 24 cuerpos, además de tres tumbas individuales. Hasta el momento, 27 familias esperan realizarse análisis con la esperanza de que entre esos huesos estén los de sus familiares.

«Sigue siendo triste que sea la Justicia argentina la que ha ordenado esa exhumación. La ausencia de las instituciones españolas es una forma de castigo a las víctimas de la dictadura. El Gobierno de España presume de ser un paladín de la lucha por los derechos humanos. Un Estado que ha abierto causas de justicia universal en Chile, Argentina, Guatemala, El Salvador, Ruanda y el Sáhara es incapaz de tratar de construir justicia en su país. Yo creo que lo que aquí se dio en la Transición fue dejar que trabajara el miedo y que todas las Ascensiones Mendietas dejaran de hablar», comentó el presidente de la ARMHE.

Para Silva, «el diseño político que se había hecho [en la Transición] de dejar pasar el tiempo y que acabara con esa generación no va a poder ser». Esto queda de manifiesto cada vez que se abre una nueva fosa común. Desde el año 2000, 300 han sido destapadas. El activista expresó que cada una de ellas «es un espejo donde la sociedad española está viendo lo que fue la dictadura».