jueves, 30 de enero de 2014

Biografía: León Tolstói

(Liev Nikoláievich Tolstói; Yasnaia Poliana, 1828 - Astapovo, 1910) Escritor y ruso. Hijo del noble propietario y de la acaudalada princesa María Volkonski, Tolstói viviría siempre escindido entre esos dos espacios simbólicos que son la gran urbe y el campo, pues si el primero representaba para él el deleite, el derroche y el lujo de quienes ambicionaban brillar en sociedad, el segundo, por el que sintió devoción, era el lugar del laborioso alumbramiento de sus preclaros sueños literarios.
El muchacho quedó precozmente huérfano, porque su madre falleció a los dos años de haberlo concebido y su padre murió en 1837. Pero el hecho de que después pasara a vivir con dos tías suyas no influyó en su educación, que estuvo durante todo este tiempo al cuidado de varios preceptores masculinos no demasiado exigentes con el joven aristócrata.
En 1843 pasó a la Universidad de Kazán, donde se matriculó en la Facultad de Letras, carrera que abandonó para cursar Derecho. Estos cambios, no obstante, hicieron que mejorasen muy poco sus pésimos rendimientos académicos y probablemente no hubiera coronado nunca con éxito su instrucción de no haber atendido sus examinadores al alto rango de su familia.
Además, según cuenta el propio Tolstoi enAdolescencia, a los dieciséis años carecía de toda convicción moral y religiosa, se entregaba sin remordimiento a la ociosidad, era disoluto, resistía asombrosamente las bebidas alcohólicas, jugaba a las cartas sin descanso y obtenía con envidiable facilidad los favores de las mujeres. Regalado por esa existencia de estudiante rico y con completa despreocupación de sus obligaciones, vivió algún tiempo tanto en la bulliciosa Kazán como en la corrompida y deslumbrante ciudad de San Petersburgo.
Al salir de la universidad, en 1847, escapó de las populosas urbes y se refugió entre los campesinos de su Yasnaia Poliana natal, sufriendo su conciencia una profunda sacudida ante el espectáculo del dolor y la miseria de sus siervos. A raíz de esta descorazonadora experiencia, concibió la noble idea de consagrarse al mejoramiento y enmienda de las opresivas condiciones de los pobres, pero aún no sabía por dónde empezar. De momento, para dar rienda suelta al vigor desbordante de su espíritu joven decidió abrazar la carrera militar e ingresó en el ejército a instancias de su amado hermano Nicolás. Pasó el examen reglamentario en Tiflis y fue nombrado oficial de artillería.
El enfrentamiento contra las guerrillas tártaras en las fronteras del Cáucaso tuvo para él la doble consecuencia de descubrirle la propia temeridad y desprecio de la muerte y de darle a conocer un paisaje impresionante que guardará para siempre en su memoria. Enamorado desde niño de la naturaleza, aquellos monumentales lugares grabaron en su ánimo una nueva fe panteísta y un indeleble y singular misticismo.
Al estallar la guerra de Crimea en 1853, pidió ser destinado al frente, donde dio muestras de gran arrojo y ganó cierta reputación por su intrepidez, pero su sensibilidad exacerbada toleró con impaciencia la ineptitud de los generales y el a menudo baldío heroísmo de los soldados, de modo que pidió su retiro y, tras descansar una breve temporada en el campo, decidió consagrarse por entero a la tarea de escribir.
Lampiño en su época de estudiante, mostachudo en el ejército y barbado en la década de los sesenta, la estampa que se hizo más célebre de Tolstoi es la que lo retrata ya anciano, con las luengas y pobladas barbas blancas reposando en el pecho, el enérgico rostro hendido por una miríada de arrugas y los ojos alucinados. Pero esta emblemática imagen de patriarca terminó por adoptarla en su excéntrica vejez tras arduas batallas para reformar la vida social de su patria, empresa ésta jalonada en demasiadas ocasiones por inapelables derrotas.
Durante algún tiempo viajó por Francia, Alemania, Suiza..., y de allí se trajo las revolucionarias ideas pedagógicas que le moverían a abrir una escuela para pobres y fundar un periódico sobre temas didácticos al que puso por nombre Yasnaia Poliana. La enseñanza en su institución era completamente gratuita, los alumnos podían entrar y salir de clase a su antojo y jamás, por ningún motivo, se procedía al más mínimo castigo. La escuela estaba ubicada en una casa próxima a la que habitaba Tolstoi y la base de la enseñanza era el Antiguo Testamento.
Pronto fue imitada por otras, pero su peligrosa novedad, junto a los ataques del escritor contra la censura y a su reivindicación de la libertad de palabra para todos, incluso para los disidentes políticos, despertó las iras del gobierno que a los pocos años mandó cerrarla. Era uno de los primeros reveses de su proyecto reformador y uno de los primeros encontronazos con las fuerzas vivas de Rusia, aunque no sería el único. Sus discrepancias con la Iglesia Ortodoxa también se hicieron notorias al negar abiertamente su parafernalia litúrgica, denunciar la inútil profusión de iconos, los enrarecidos ambientes con olor a incienso y la hipocresía y superficialidad de los popes.
Además, cargó contra el ejército basándose en el Sermón de la Montaña y recordando que toda forma de violencia era contraria a la enseñanza de Cristo, con lo que se ganó la enemistad juramentada no sólo de los militares sino del propio zar. Incluso sus propios siervos, a los que concedió la emancipación tras el decreto de febrero de 1861, miraron siempre a Tostoi, hombre tan bondadoso como de temperamento tornadizo, con insuperable suspicacia.
A pesar de ser persona acostumbrada a meditar sobre la muerte, el trágico fallecimiento de su hermano Nicolás, acaecido el 20 de septiembre de 1860, le produjo una extraordinaria conmoción y, al año siguiente, se estableció definitivamente en Yasnaia Poliana. Allá trasladará en 1862 a su flamante esposa Sofía Behrs, hija de un médico de Moscú con quien compartió toda su vida y cuya abnegación y sentido práctico fue el complemento ideal para un hombre abismado en sus propias fantasías.
Sofía era entonces una inocente muchacha de dieciocho años, deslumbrada por aquel experimentado joven de treinta y cuatro que tenía a sus espaldas un pasado aventurero y que además, con imprudente sinceridad, quiso que conociese al detalle sus anteriores locuras y le entregó el diario de su juventud donde daba cuenta de sus escandalosos desafueros y flirteos. Con todo, aquella doncella que le daría trece hijos, no titubeó ni un momento y aceptó enamorada la proposición de unir sus vidas, contrato que, salvando períodos tormentosos, habría de durar casi medio siglo.
Merced a los cuidados que le prodigaba Sofía en los primeros y felices años de matrimonio, Tolstoi gozó de condiciones óptimas para escribir su asombroso fresco histórico titulado Guerra y paz, la epopeya de la invasión de Rusia por Napoleón en 1812, en la que se recrean nada menos que las vidas de quinientos personajes. El abultado manuscrito fue pacientemente copiado siete veces por la esposa a medida que el escritor corregía; también era ella quien se ocupaba de la educación de los hijos, de presentar a las niñas en sociedad y de cuidar del patrimonio familiar.
La construcción de este monumento literario le reportó inmediatamente fama en Rusia y en Europa, porque fue traducido enseguida a todas las lenguas cultas e influyó notablemente en la narrativa posterior, pero el místico patriarca juzgó siempre que gozar halagadamente de esta celebridad era una nueva forma de pecado, una manera indigna de complacerse en la vanidad y en la soberbia.
Si Guerra y paz había comenzado a publicarse por entregas en la revista El Mensajero Ruso en 1864 y se concluyó en 1869, muchas fueron después las obras notables que salieron de su prolífica pluma y cuya obra completa puede llenar casi un centenar de volúmenes. La principal de ellas es Ana Karenina(1875-1876), donde se relata una febril pasión adúltera, pero también son impresionantes La sonata a Kreutzer (1890), curiosa condenación del matrimonio, y la que es acaso más patética de todas:La muerte de Iván Ilich (1885).
Al igual que algunos de sus personajes, el final de Tolstoi tampoco estuvo exento de dramatismo y el escritor expiró en condiciones bastante extrañas. Había vivido los últimos años compartiendo casi todo su tiempo con depauperados campesinos, predicando con el ejemplo su doctrina de la pobreza, trabajando como zapatero durante varias horas al día y repartiendo limosna. Muy distanciado de su familia, que no podía comprender estas extravagancias, se abstenía de fumar y de beber alcohol, se alimentaba de vegetales y dormía en un duro catre.
Por último, concibió la idea de terminar sus días en un retiro humilde y el octogenario abandonó su hogar subrepticiamente en la sola compañía de su acólito el doctor Marivetski, que había dejado su rica clientela de la ciudad para seguir los pasos del íntegro novelista. Tras explicar sus razones en una carta a su esposa, partió en la madrugada del 10 de noviembre de 1910 con un pequeño baúl en el que metió su ropa blanca y unos pocos libros.
Durante algunos días nada se supo de los fugitivos, pero el 14 Tolstoi fue víctima de un grave ataque pulmonar que lo obligó a detenerse y a buscar refugio en la casa del jefe de estación de Astapovo, donde recibió los cuidados solícitos de la familia de éste. Sofía llegó antes de que falleciera, pero no quiso turbar la paz del moribundo y no entró en la alcoba hasta después del final. Le dijeron, aunque no sabemos si la anciana pudo encontrar consuelo en esa filantropía tan injusta para con ella, que su últimas palabras habían sido: "Amo a muchos."
En cierto modo, la biografía de León Tolstoi constituye una infatigable exploración de las claves de esa sociedad plural y a menudo cruel que lo rodeaba, por lo que consagró toda su vida a la búsqueda dramática del compromiso más sincero y honesto que podía establecer con ella. Aristócrata refinado y opulento, acabó por definirse paradójicamante como anarquista cristiano, provocando el desconcierto entre los de su clase; creyente convencido de la verdad del Evangelio, mantuvo abiertos enfrentamientos con la Iglesia Ortodoxa y fue excomulgado; promotor de bienintencionadas reformas sociales, no obtuvo el reconocimiento ni la admiración de los radicales ni de los revolucionarios; héroe en la guerra de Crimea, enarboló después la bandera de la mansedumbre y la piedad como las más altas virtudes; y, en fin, discutible y discutido pensador social, nadie le niega hoy haber dado a la imprenta una obra literaria inmensa, una de las mayores de todos los tiempos, donde la epopeya y el lirismo se entreveran y donde la guerra y la paz de los pueblos cobran realidad plásticamente en los lujosos salones y en los campos de batalla, en las ilusiones irreductibles y en los furiosos tormentos del asendereado corazón humano.




viernes, 24 de enero de 2014

La CNT en el exilio francés. Polémicas, enfrentamientos y divisiones

Congreso de la CNT en el exilio (Toulouse 1947) 
Publicado el 24 enero, 2014 por Polémica
Simón CORTINAS 
El Movimiento Libertario en el exilio arrastraba, después de perder con la guerra bastantes conquistas sociales no por efímeras menos cargadas de futuro, una dualidad permanente que mediatizaba nuestras relaciones internas. Esta dualidad surgía del conjunto de circunstancias y de mentís reales dados a la doctrina por el mundo de los hechos: educados, configurados moral y espiritualmente para combatir y destruir el Estado, fuimos a él, nos integramos en él, participamos de sus mismas tribulaciones, de sus furores destructivos, de sus ordenamientos jurídicos; fuimos, en una palabra, puntales en vez de arietes. Hubo quienes, sensibilizados por esta aleccionadora experiencia, entendieron que se debía flexibilizar el cuerpo teórico y táctico del anarcosindicalismo ibérico; otros, por el contrario, se encerraron en una posición dogmática, intransigente, irreductibles a la enseñanza empírica –y con una gran facilidad para hacer «borrón y cuenta nueva» de las propias actuaciones personales, algunas de las cuales incluyeron casaca ministerial–. Naturalmente, entre ambas posturas, existieron, como en botánica, gran variedad de injertos, de híbridos.
Cuando en febrero de 1943 empezamos a reorganizarnos, en plena ocupación alemana –aunque hubo siempre grupos organizados–, los que inician este movimiento de recuperación y lucha (casi todos aquellos hombres que constituyen el llamado «Núcleo del Cantal», aglutinado en el seno de una empresa constructora) responden a concepciones sindicalistas revolucionarias y anarquistas fieles a ciertos postulados de colaboración política con cuantas fracciones y sectores antifascistas persiguen el derrocamiento del régimen franquista.1 Aquellos hombres del «Massif Central», entre otros, se llaman Germán González, José Berruezo, Rico, hermanos Tomás y Francisco Pérez. Editan un periódico, dirigido por Rico, titulado Exilio, y muchos de ellos se caracterizarán por su lucha en la Resistencia francesa; algunos, como Germán con peligrosas y relevantes responsabilidades.
A esta primera llamada no responden bastantes compañeros para quienes las motivaciones del paréntesis colaboracionista, iniciado en julio de 1936, ha muerto definitivamente. No vale la pena, piensan, que luchar en tal sentido es macular los ideales, introducimos en el universo de la impureza.
Daré un carpetazo a mis notas para no prolongarme, pero antes quiero referirme, para dejar constancia, al oscuro trasiego de muchos militantes cuando se terciaba la «solución Maura». Miguel Maura, antiguo ministro republicano de la Gobernación (al que le pusimos un remoquete algo siniestro: «el de los 108 muertos»), se proponía formar un «Gobierno de Unión Nacional» con el fin de restaurar la República. Cabildeos memorables, acompañaron tales proyectos. Todos los partidos y organizaciones rivalizaban en la sobrepuja. Nosotros íbamos tan lejos que reclamábamos (nada más ni nada menos) el respeto por los poderes públicos de las conquistas obtenidas el 19 de julio: colectividades, control obrero, planificación económica, acción comunal, etc. Los militares, jefes y oficiales, engrosaron precipitadamente las filas de una Agrupación que extendía carnets con nombre, cuerpo, arma y rango ostentado en el ejército republicano. Los antiguos funcionarios del cuerpo policial hicieron algo semejante. Este sueño de una noche de verano acarició las esperanzas de gran número de militantes que luego denostaron violentamente a los «políticos», cuando nuestras pasiones arreciaban, simultaneando los agravios con invocaciones a su inmaculada «pureza».
En el Congreso de París, celebrado en el Palais de la Chimle –mayo de 1945–, aunque ganaron por voto los núcleos más inflexibles y dogmáticos se demostró que de hecho, por votos reales, de haberse hecho un escrutinio justo, era mayoritaria la tendencia colaboracionista. Para triunfar, determinados grupos al servicio de un nefasto personaje, Laureano Cerrada (ex secretario de la Región Centro, muerto en circunstancias misteriosas, desveladas parcialmente por el periodista Eliseo Bayo –en la revista Interviú), se dedicaron con ahínco a fundar Federaciones o núcleos fantasmales, a utilizar la difamación y el cohecho con objeto de conseguir una victoria sucia pero que les asegurara el control del aparato burocrático, fondos, siglas, etc. Lo más positivo del Congreso, pese a todo, fue el acuerdo de concederle privilegio determinante a la organización confederal del interior: acuerdo que fue revocado, sin consultar a la base, como consecuencia de la instalación del Gobierno Giral en México (antes de su instalación en París, en 1946), autentico avatar de la ruptura cismática más importante desde la acaecida el año 1932 a causa del problema «treintista». Relatamos brevemente los entresijos a continuación.
En España, a la sazón, se reorganizaba la CNT a marchas forzadas. Se vencían, mal que bien, las enormes dificultades del trabajo clandestino. Se celebraban reuniones de militantes asiduamente concurridas –con exceso, si tenemos en cuenta unas mínimas exigencias de discreción que comporta todo trabajo subterráneo–, se cotizaba en los sindicatos reestructurados, se editaba la Soli con miles de ejemplares que circulaban de mano en mano. En Barcelona, la Federación Local controlaba (según cifras manifestadas al que esto escribe por quien fue su secretario en 1947, el fallecido y excelente compañero Mariano Pascual) alrededor de 14.000 afiliados. La organización dinamizaba con creces la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD), organismo de coalición antifranquista.2 Cuando Giral forma un gobierno de emergencia en el exilio, para coordinar posibles concursos diplomáticos, propone a la CNT, el envío de dos ministros, pues nuestra posición en el seno de la Alianza nos convierte en pieza maestra. El Comité Nacional del Interior, transmite una lista de cuatro nombres: José Sancho y José E. Leyva, por el interior; Federica Montseny y Horacio M. Prieto, por el exterior (García Oliver fue propuesto por la Agrupación de México, pero su nombre no fue retenido por el Comité Nacional).
De los nombres indicados por el Comité Nacional, Giral elige a Horacio M. Prieto y José E. Leyva para que se incorporen a su Gobierno. Llegado clandestinamente a Francia, para unirse a Horacio y trasladarse juntos a México, donde reside el Gobierno de la República, Leyva se encuentra con la oposición del Comité Nacional, en Francia, cuyo secretario Germinal Esgleas, le indica que vuelva a España y recomiende al CN del Interior que reconsidere sus acuerdos y desista de enviar representantes al Gobierno Giral. El Comité Nacional mantiene sus acuerdos y aconseja a Leyva y Horacio que se incorporen sin retraso al puesto para el que fueron delegados.
Entonces los acontecimientos se precipitan; un manifiesto de rechazo invocando «la transgresión de principios» y contra la CNT del interior por parte del Secretariado del Exilio, y otro, vigoroso, elaborado atropelladamente por la Delegación en el exterior, consuman el divorcio. El manifiesto de la Delegación en el Exterior, de apoyo a la CNT del interior, se encabezaba así: «Con España o contra España». Por su parte, CNT, órgano confederal en el exilio, afirmaba: «Los llamados ministros confederales en el Gobierno Giral son dos ex trabajadores sin más representación que la personal».
1946-1963. Diecisiete años duró la escisión. Los viejos fantasmas, que nunca dejaron de poblar y girovagar en y por nuestras reuniones asamblearias, encresparon pasiones, concitadas, asimismo, por triquiñuelas, protagonismos, voluntad de poder, rivalidades personales y otros elementos psicológicos turbios alimentados durante muchos años de frustración, que nos habían vuelto atrabiliarios y vindicativos. Mientras a muchos militantes estos sucesos no les producían «estados de alma complicados», para muchos otros se iba concretando la idea de una revisión de métodos. Considerando globalmente nuestras acciones pasadas, se extrae de ellas una aleccionadora metodología negativa. Porfiamos en el descrédito y seguimos sin comprender la evolución tecnológica y científica, por tanto, económica, de nuestro tiempo. Esto lleva a conclusiones completamente originales. Coincidiendo, en este aspecto, con bastantes planteamientos formulados por Horacio M. Prieto, pionero de la «intervención política» (aunque García Oliver y un grupo de allegados a su influencia ya propusieran al comienzo del éxodo fundar el llamado Partido Obrero del Trabajo (POT), un grupo de 17 militantes, en una carta-manifiesto dirigida a los presos de España, en 1948, proponen sin medias tintas, a las tres ramas del Movimiento Libertario la más explosiva de las novedades revisionistas: la creación de un partido por los propios militantes, cuyo objetivo fundamental consistiría en asumir la representatividad política libertaria de forma eficiente y estructurada.
En la CNT y el Movimiento Libertario puede afirmarse, sin menoscabo de la verdad, que muchos hombres han meditado fríamente sobre los factores de nuestras desventuras públicas y el aventurismo blanquista que nos ha enajenado la adhesión de grandes sectores populares. Cuando hemos hablado seriamente de estas cosas, he percibido en infinidad de militantes valiosos un pesimismo escéptico respecto a la ejecutoria. Cada vez que pensamos en aquel año de los dos ochos –ocho de enero y ocho de diciembre de 1933–, donde dimos una medida hiperbólica de nuestra «gimnasia revolucionaria», nos deja perplejos esa fruición por la aventura y, contrastando, el despego y casi indiferencia por los programas constructivos. Muchos de los más sañudos impugnadores del «desviacionismo», imputándolo a ambiciones de poder y riqueza, como si el poder y la corrupción no fueran omnipresentes, me han confesado, años más tarde, sus preocupaciones por ir a la conquista de aquellos ayuntamientos que administramos durante la guerra y donde aprendimos a conocer grandes cosas no despreciables, que pueden hacerse desde ellos.
Realizada la unificación, en 1963, pudo comprobarse, al poco tiempo, lo frágil de aquella soldadura; digo soldadura porque, en realidad, nunca hubo síntesis, refundición, simbiosis. Al socaire de unos escarceos seudoinsurreccionales acaudillados por Juan García Oliver (terriblemente crítico para la, según él, blandengue, incolora e ineficaz actuación del Gobierno Giral)3 y de otras cuestiones de incompatibilidad, empezaron de nuevo las recriminaciones y las cazas de brujas. La chispa, o el detonador, que ocasionó otra crisis –la 1968-1969–, fueron las expulsiones, entre otros, de Cipriano Mera, Juan Manent, Fernando Gómez Peláez, longevo ex director de la Soli en París, de Tomás Pérez, uno de los de la vieja guardia del Cantal, Antonio Roig, conocido militante de Tarrasa, Señer, etc. A Cipriano Mera, el viejo «león de Guadalajara», modelo de honradez, coraje y sacrificio, se le acusó villanamente de malversación de fondos. A Gómez Peláez se le urdió una rocambolesca historia, nebulosa hasta el delirio, en torno a una renqueante multicopista.
Persistió el sanedrín del Secretariado Intercontinental4 en extender su imperialismo orgánico hasta el interior de España. Ese exilio, no satisfecho aún por sus culpables carencias, sus ineptitud, su descomunal alejamiento de la realidad, impermeable al más nimio empirismo, ávido de dominio, logró una última victoria: crear, en el Congreso de Madrid de 1979, las condiciones para otra segunda escisión. Dos en Francia; dos en España. Las cuentas están claras. Pero lo que ya no se vislumbra con tamaña transparencia es el futuro de la que fue primera organización sindical de este país. A menos que, a fuerza de amargas decepciones, una CNT renovada, embrión prometedor, con hombres nuevos y capaces, abiertos al diálogo vivificante, al pluralismo esencial sepan darle a ese sindicalismo revolucionario, libertario, cooperativista y autogestionario, la dimensión histórica que le corresponde.
Notas
1. Una excepción a la regla era nuestro recelo en colaboración con los comunistas, recientes aún graves incidentes y maniobras hegemónicas del PCE a través de su engendro llamado Unión Nacional, que nos había ilustrado, por si no lo supiéramos desde Mayo del 37, sobre sus intenciones, asesinando entre 80 y 100 militantes confederales. Se uncieron al proyecto centenares de confederales que pronto comprendieron la superchería. Recordemos, de pasada, una brillante acción: asesinato de la familia Soler e incendio de su morada: Soler era un conocidísimo militante barcelonés, antiguo conserje del Ramo de la Construcción; los hechos ocurrieron en el Ariege (Véase Juan M. Molina: El comunismo totalitario, Editores Mexicanos Unidos, México, 1982, pág. 37).
2. Compúlsense, para un conocimiento más amplio, El movimiento clandestino en España (1939-1949), de Juan M. Molina, La resistencia libertaria, de Cipriano Damiano, y La Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (1944-1947), de Enrique Marco Nadal.
3. No se cansaba de repetir en su correspondencia –que he tenido la oportunidad de leer gracias a un amigo común– que con los «mil millones de dólares de patrimonio republicano» (?) teníamos que formar un «gobierno de combate», una especie de Comité de Salud Pública.
4. Nueva denominación del antiguo Secretariado del Exilio.
Publicado en Polémica, n.º 4-5, junio 1982